Fue primera página en todo el mundo en 1972, cuando perdió el título ante el estadounidense Bobby Fischer en plena guerra fría entre la URSS y EE UU. Tratado como un traidor en Moscú, emigró a París, de donde regresó en 2012 con tintes novelescos tras sufrir un derrame cerebral. Hemipléjico y arruinado por una demanda de divorcio, el mítico Borís Spassky (Leningrado, 1937) mantiene una sorprendente agilidad mental a los 77 años, y sigue soñando con Bobby Fischer.
Invitado de honor al Campeonato del Mundo Carlsen-Anand en Sochi (Rusia), Spassky sufrió su primer derrame grave en 2010 (hubo otro, leve, en 2006) y fue sometido a un duro programa de rehabilitación en París, dirigido por su tercera esposa, Marina, con la que emigró desde Moscú en 1976. El excampeón interpretó esa disciplina férrea como una especie de secuestro, y en 2012 escapó de su casa y voló a Moscú con la ayuda de la Embajada de Rusia y de Valentina, su antigua representante, que ahora cuida de él. Pero Marina y el hijo de ambos le demandaron judicialmente, lo que está causando su ruina económica.
Las circunstancias de su emigración en 1976 también fueron muy peculiares. Spassky había pasado cuatro años de penalidades en la Unión Soviética, cuyo Gobierno le acusaba de haber perdido el honor nacional ante Fischer. Para entenderlo hay que saber que la guerra nuclear URSS-EEUU estuvo a punto de estallar varias veces en aquella época. El ajedrez era un gran orgullo para el Kremlin, un escaparate intelectual para la URSS: 287 millones de habitantes; cinco millones de ajedrecistas federados; 50 millones de practicantes esporádicos; el 80% de los mejores del mundo eran soviéticos. En ese contexto, un extravagante estadounidense, rebelde, autodidacta, había superado a grandes estrellas en el Torneo de Candidatos, y ahora (1972) desafiaba al gran campeón Spassky.
Bobby estaba convencido de que todos éramos agentes secretos de la KGB”
Pero Fischer se negaba a ir a Reikiavik, la sede del duelo, porque la bolsa de premios (138.000 dólares de entonces) le parecía demasiado baja, a pesar de que el mecenas británico James Slater había donado 125.000 más. Entonces recibió la llamada del Secretario de Estado (equivalente a ministro de Asuntos Exteriores) Henry Kissinger, quien, según el relato de Fischer, le dijo: “Le hablo en nombre del presidente Richard Nixon. El Gobierno de su país le pide que vaya a Reikiavik como un deber patriótico, y que derrote a Spassky para infligir un duro golpe propagandístico a nuestros enemigos soviéticos”.
A pesar de su derrota y de las duras consecuencias, Spassky cimentó entonces una admiración muy profunda por su verdugo, que derivó en una amistad inquebrantable hasta la muerte de Fischer, en 2008. En sus últimos años, Fischer, víctima de graves enfermedades mentales, dijo cosas terribles, como negar el holocausto nazi o alegrarse de los atentados terroristas del 11-S. Pero, como les ocurre a millones de ajedrecistas, Spassky sólo quiere acordarse de aquel genio maravilloso y carismático que tanto hizo por el ajedrez antes de caer en picado.
Y habla con Fischer en sus sueños: “Por ejemplo, una vez le pregunté cuál es mejor como primera jugada, 1 e4 ó 1 d4. Y me dijo que 1 d4, porque ese peón está defendido, y el otro no”. También recuerda una de las obsesiones del estadounidense: “Estaba convencido de que todos los grandes maestros soviéticos éramos agentes secretos de la KGB. Una vez le prometí que si la KGB me reclutaba alguna vez le invitaría a una espléndida cena en un restaurante de lujo. Pero eso nunca ocurrió”.
Para mí lo fundamental era dormir mucho y bien. Lo conseguía tomando 100 gramos de vodka de gran calidad”
Uno de los secretos de la preparación de Spassky durante un Campeonato del Mundo es muy sorprendente: “Para mí lo fundamental era dormir mucho y bien. Y lo conseguía tomando 100 gramos de vodka de gran calidad. Pero no recomiendo eso a Magnus Carlsen y Viswanathan Anand. Es mejor que caminen al aire libre y naden en el Mar Negro”.
Dice que no tiene favorito en este Mundial, pero se nota que admira a Carlsen: “Es tenaz, sensato, armónico, confía mucho en sí mismo. En mi imaginación lo veo como un gnomo, me cae muy simpático. Y además tiene la inteligencia de no meterse en política, algo peligroso en los tiempos que corren”.
Además de sus graves problemas de salud, Spassky tiene otros motivos de gran preocupación: “Mi esposa francesa me ha quitado mis propiedades, mi archivo, todo. Y la tragedia de la guerra de Ucrania me afecta mucho. Pero intento ser feliz escribiendo mis memorias, viendo salir el sol cada día, observando cómo crecen mis plantas. Hoy más que nunca necesitamos el ajedrez. Mover esas piezas de madera y pensar en su estrategia nos permite olvidar las desgracias de este mundo”.
Una guerra sin sangre El americano Bobby Fischer ( d) y el soviético Boris Spassky juegan la última partida de su mítico duelo en el Campeonato Mundial de Ajedrez en el complejo Laugardalur de Reikiavick ( Islandia) . / Associated Press
Estados Unidos y la URSS cambiaron en 1972 la locura de la guerra nuclear por un duelo brutal entre sus dos mejores ajedrecistas, Bobby Fischer y Borís Spassky, que centraron la actualidad mundial durante 52 días. Fischer y Spassky llegaron a Reikiavik (Islandia) pensando que iban a jugar un Campeonato del Mundo de Ajedrez, y sólo entonces se dieron cuenta de que era mucho más.
La partida comenzó el 11 de julio de 1972. Pocos meses antes de ese duelo, EE UU y la URSS firmaron el tratado de limitación de armas SALT 1, un reconocimiento implícito de la estupidez mutua: de haber encontrado mucho antes la manera de confiar en el otro y vigilarlo, podrían haber invertido esas ingentes cantidades de dólares y rublos en mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.
En ese contexto, el 80% de los mejores ajedrecistas del mundo era soviético, y representaba una simbólica superioridad intelectual de la URSS. De pronto, como si les hubiera caído del cielo, en la Casa Blanca descubren que tienen un ajedrecista capaz de ganar a todos los comunistas. En realidad, a Fischer le importaba un comino el honor nacional que el presidente Richard Nixon le conminó a defender ante Spassky. Pero la situación era demasiado tentadora para que Nixon no la aprovechase.
Fischer murió, paranoico y muy infeliz, en 2008. Spassky vive en Moscú, postrado en una silla de ruedas pero con una salud mental aceptable a los 78 años, a pesar de haber sufrido un par de ictus. A veces surge la pregunta de por qué los ajedrecistas desequilibrados han sido más frecuentes en los países occidentales que en el antiguo bloque soviético. La respuesta puede estar en lo que observó este redactor en la URSS durante largos periodos en la década de los ochenta: la educación de los niños era muy buena. Los genios del ajedrez o del piano no podían desarrollar su talento por las tardes si no rendían bien por la mañana en Matemáticas, Lengua o Ciencias Sociales. La traumática paradoja es que esos jóvenes tan bien educados chocaban después con una sociedad corrupta, burocratizada hasta la desesperación y carente de libertades.En Reikiavik se atisba todo eso. Y entre los muchos mensajes que deja en el espectador se incluyen estos dos: los gobiernos deben extremar el cuidado en la utilización de sus genios -Gasol, el catalán que da el oro a España-; y los niños prodigio deben ser integralmente educados como seres humanos, sin permitir que sólo sepan hacer muy bien una cosa, porque eso es una autopista hacia la locura y la infelicidad. El teatro, ese arte siempre en crisis que nunca desaparece, refleja todo ello, quizá mejor que ningún otro.
Partida perdida, Bobby
John Carlin 27 ENE 2008
Bobby Fischer murió con tantos años, 64, como casillas tiene un tablero de ajedrez, perseguido en EE UU, exiliado en Islandia y peleado con casi todos cuantos le acogieron.
A las ocho de la mañana del lunes, cuando todavía era noche cerrada, un coche fúnebre salió sigilosamente de las calles nevadas de Reikiavik, seguido por otro vehículo. En el coche fúnebre iba el ataúd con el cuerpo de Bobby Fischer, el genio estadounidense del ajedrez que murió el 18 de enero, a los 64 años; en el otro iba una pareja de islandeses que habían sido sus vecinos y un sacerdote católico francés al que Fischer, que nació y se educó como judío, no había conocido jamás.
Recorrieron 45 kilómetros hacia el este de Reikiavik y se detuvieron en una pequeña iglesia luterana, cerca del pueblo de Selfoss. Allí les recibió una mujer japonesa, budista, que había volado desde Tokio la noche anterior y que dijo ser la esposa de Fischer. El granjero, dueño de las tierras en las que se alzaba la iglesia, había cavado una tumba en el antiguo cementerio del lugar. El pequeño grupo se apiñó en torno a ella, sin lápida ni cruz, y el sacerdote dijo una oración. Hacía un frío terrible y la negrura del cielo contrastaba con el blanco de la tierra helada. A las diez, cuando la tenue luz de la mañana empezaba a vislumbrarse por el este, concluyó la ceremonia. El ataúd estaba ya bajo tierra, y la mujer de Fischer, los vecinos, el granjero y el sacerdote se alejaron en silencio.
“Desconfiaba de todos”, asegura su amigo Saemi Palsson. Estaba tan obsesionado con guardar secretos que, aunque conocimos su relación sentimental con la japonesa Myoko Watai, no supimos hasta que murió que era su esposa”
“El ajedrez era el refugio de las privaciones materiales y emocionales que sufría”, asegura el doctor Skulason. “Se construyó unos muros, una forma de protección inmadura y agresiva en la que la confianza fue eliminada”
más información
* Una vida sin salir del tablero
* El cadáver de Bobby Fischer será exhumado por una demanda de paternidad
La noticia de la muerte de Fischer tres días antes había recorrido el mundo, pero nadie de fuera del grupo del cementerio supo que el polémico ex campeón mundial de ajedrez -rabioso detractor de Estados Unidos y de los judíos- estaba ya enterrado, hasta las cuatro de la tarde, cuando el vecino que había estado presente, Gardar Sverisson, telefoneó a un amigo para contárselo. Se había guardado tan bien el secreto, se había preparado tan deprisa el entierro, que ni siquiera el sacerdote luterano en cuya iglesia se le enterró lo supo hasta después de los hechos; ni siquiera el marido estadounidense de la difunta hermana de Fischer se enteró, cosa especialmente mortificante si se tiene en cuenta que había ido desde Estados Unidos específicamente para eso (y para extraer su porcentaje de la fortuna de Fischer, valorada en dos millones de euros), sin saber que la ceremonia se estaba llevando a cabo justo en el momento en el que aterrizaba su avión de Nueva York. Tampoco se lo contaron al más viejo y leal amigo islandés de Fischer, Saemi Palsson.
Palsson, un héroe local en Reikiavik sobre cuya amistad con Fischer se está rodando una película, dice que le entristece no haber sido invitado al entierro, pero está de acuerdo -igual que media docena de personas que conocieron a Fischer, y con las que he hablado en la capital islandesa- en que así es como al difunto gran maestro le habría gustado. “Desconfiaba de todo el mundo, odiaba los medios de comunicación y estaba tan obsesionado con guardar secretos que, aunque supimos que había tenido una relación sentimental con la japonesa Myoko Watai, nadie de nosotros supo nunca, hasta ahora que se ha muerto, que era su esposa”, cuenta Palsson.
Palsson fue policía, cinturón negro de yudo en los años cincuenta; campeón nacional de baile, de twist y rock and roll, y durante los días de gloria de Fischer, su guardaespaldas. Eso fue en 1972, cuando Islandia fue escenario del duelo de ajedrez más memorable de todos los tiempos, entre Fischer, de 29 años, y el campeón soviético Boris Spassky, que se disputaban la corona mundial. El alto, desgarbado Fischer ganó, a pesar de unas rabietas absurdas que pusieron la competición, de 22 partidas, en permanente peligro. Henry Kissinger, entonces secretario de Estado con Richard Nixon, se vio obligado a llamarle por teléfono en uno de los momentos más críticos para recordarle su deber patriótico. Funcionó. Fischer -“verdaderamente es el mundo libre contra los mentirosos, tramposos e hipócritas de los rusos”, dijo- se vio como combatiente de la guerra fría.
De una testarudez épica, Fischer se peleó casi con todo el mundo al que conoció en Islandia. La excepción fue Palsson, cuyo carácter directo, pero discreto, valoró tanto Fischer que le contrató para que siguiera siendo su guardaespaldas durante seis meses en Estados Unidos. Después, Fischer se recluyó durante 20 años y no volvió a aparecer hasta 1992, para disputar una nueva partida con Spassky en Belgrado -a pesar de las sanciones internacionales contra el régimen serbio que apoyaba Estados Unidos-, que le permitió ganar mucho dinero, pero le supuso la enemistad de su propio Gobierno. Treinta y tres años después del desafío de Islandia, en 2005, Fischer llamó a Palsson desde una cárcel en Tokio, donde le habían encerrado a petición de las autoridades de Estados Unidos para extraditarle, acusado de utilización de un pasaporte no válido, evasión fiscal y blanqueo de dinero. La razón de fondo del deseo de castigar a Bobby Fischer, según insisten sus conocidos en Islandia, era la irritación que despertaba su espectacular falta de corrección política. Desde que suscitó las iras de su Gobierno al jugar aquella partida en Serbia, el antiguo azote de los soviéticos y ex héroe estadounidense se había vuelto antiamericano casi hasta la locura, y completamente contrario a “esos apestosos judíos” que, según decía, tenían bajo “total control” a Estados Unidos. Negaba sonoramente la existencia del Holocausto y declaró a una emisora de radio de Filipinas que el atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York había sido una “noticia maravillosa” y que había llegado la hora “de acabar con Estados Unidos de una vez por todas”.
Sin embargo, Palsson, que había aprendido hacía tiempo cuando sí y cuando no hacerle caso, vino a su rescate. Tras la llamada que le hizo Fischer desde la cárcel japonesa, Palsson viajó a Tokio y se formó en Islandia un comité de siete entusiastas del ajedrez (todos señores de la edad de Palsson) para empujar al Gobierno a conceder a Fischer la condición de exiliado. Tras numerosas fricciones con el Gobierno de Estados Unidos, el milenario Parlamento islandés aprobó unánimemente romper lo que ellos consideraban ser una lanza en favor de la libertad -y en las narices del Tío Sam- al otorgar la plena ciudadanía al americano que les había colocado en el mapa.
En marzo de 2005, Fischer descendió de un avión en Islandia con un aspecto, recuerda Palsson, “como el de Solzhenitsin”. Solzhenitsin en un mal día y en un campo de trabajo en Siberia: tenía los dientes, los pocos que le quedaban, podridos, y la barba y el cabello, blancos, largos y descuidados. Se arregló para un banquete de bienvenida en Reikiavik al que aceptó ir a regañadientes. Pero la imagen que ofrecía cada vez que apareció en público durante los 2 años y 10 meses de su exilio islandés (no se fue nunca, por miedo a que sus implacables compatriotas le extraditasen) era, como comentó un escritor islandés, la de “un vagabundo sin techo, tirado en un banco de un parque con una bolsa de plástico al lado”. La barba y el cabello volvieron a enredarse rápidamente, y siempre llevaba la misma ropa: camisa vaquera azul y pantalón vaquero, con gorra de béisbol marrón. Palsson dice que se cambiaba de ropa, que tenía un vestuario amplio, aunque uniforme; pero los dientes no le mejoraron nunca. Desconfiaba de médicos y dentistas, y ni siquiera se fiaba de sus empastes de metal, que hizo que le quitaran, cuenta Palsson, por temor a la radiación.
Lo curioso era que Fischer, a pesar de su antiamericanismo, era “muy, muy americano”, en palabras de una persona del mundo del ajedrez islandés que le conocía. Nunca salía de casa sin la gorra de béisbol, pasaba gran parte del tiempo escuchando música estadounidense de blues en su MP3, comía hamburguesas con fecuencia en un restaurante de Reikiavik llamado American Style, le encantaban las películas estadounideses de acción. La última que vio, en diciembre, fue American gangster. Su paranoia también era la expresión de una tendencia a buscarse enemigos en todas partes.
Por eso se peleó irremediablemente -excepto con dos- con todos los demás miembros del comité de siete personas que le había salvado, un grupo de fanáticos del ajedrez que le miraban como los hinchas de fútbol miraban hace unos años a David Beckham, y a los que acusó (incluido Palsson) de haber traicionado su confianza, o de querer estar con él para inflar sus egos o sus carteras.
Uno de los dos que permanecieron junto a él hasta su muerte fue Gardar Sverrison, el vecino que le enterró y que guarda un total mutismo. La razón por la que Fischer se mantuvo leal a Sverrison hasta la tumba fue que éste nunca presumió de su amistad. “La norma parecía ser que, cuanto menos hablabas de él con otras personas, más te valoraba él”, dice un conocido suyo de la isla, que habla con la condición del anonimato. Sverisson estaba tan cautivado por Fischer (otra condición de la amistad con él) que se ha mantenido fiel a ese principio incluso después de su muerte.
El otro miembro del comité con el que Fischer permaneció en estrecho contacto fue un médico que dirige el hospital psiquiátrico penitenciario de Islandia, Magnus Skulason. Durante los tres últimos meses de vida de Fischer, que en parte pasó en el hospital rechazando los intentos de los médicos de curarle la infección de riñón que le causó la muerte, nadie tuvo tanta intimidad con él como el doctor Skulason.
El psiquiatra y el campeón de ajedrez se conocieron en una librería de viejo llamada Bokin, próxima al piso de Fischer en el centro de Reikiavik. Fischer pasaba la mayoría de sus días solo, escuchando la radio o leyendo los periódicos -The Guardian, The Independent y The New York Times eran sus favoritos-, pero cuando se atrevía a salir, solía ser para buscar refugio en Bokin, donde pasaba largas tardes leyendo -y a veces, durmiendo- en medio del polvo y el caos de la tienda, que, según contó al propietario, le recordaba a una antigua librería a la que solía ir de niño en Brooklyn. Bokin, que huele como todas las librerías de viejo en todas partes, está decorada caprichosamente con carteles de gente famosa de cuando Fischer era joven, como Mao, Stalin, Hitler, Brigitte Bardot, Richard Burton y Marilyn Monroe. A los lados de la silla de madera en la que se sentaba Fischer, al final de un pasillo largo y estrecho, hay, a la izquierda, biografías, en islandés y en inglés, de personajes tan variados como Shirley MacLaine, Francis Drake, Simón Bolívar y Houdini, y a la derecha, libros de autoayuda con títulos como Ocúpate de tus asuntos: sé tu propio jefe y Diez errores que cometen los padres con los adolescentes.
Los libros preferidos de Fischer, que compraba en tales cantidades que su piso llegó también a parecer una librería de segunda mano, eran los que trataban de la II Guerra Mundial (nació en 1943); los fugitivos de la ley -“en cierto modos se consideraba uno de ellos”, dice el dueño de Bokin, Bragi Kristjonsson, “y sobre todo leía libros sobre desertores soviéticos, con los que se identificaba hasta un punto que no podía haber imaginado en 1972”-, y cómics, historietas infantiles de cuando era niño y que leía en su piso, como pudo observar Saemi Palsson, entre grandes risotadas.
El doctor Skulason, que pasó muchas horas junto a Fischer en su última etapa, hablando de todo tipo de cosas, desde la teoría de los sueños de Freud hasta la perfidia de Estados Unidos en Irak, dice que había un gran abismo entre la capacidad mental del genio del ajedrez (según dice el psiquiatra, tenía un coeficiente de inteligencia superior al de Einstein) y el mundo emocional infantil en el que estaba atrapado. “Veía la vida como la ve un niño pequeño, e, igual que un niño, siempre quería salirse con la suya y se enfadaba si se le negaba algo”, explica el doctor Skulason, hombre de cejas espesas de un fuerte parecido a Sigmund Freud, que habla con tanta concentración que durante un buen rato, en nuestras dos horas de conversación, tiene los ojos cerrados. El problema surgió, en gran parte, de la fama repentina que adquirió a los 14 años, cuando se convirtió en campeón de ajedrez de Estados Unidos. “Era una carga excesiva para un chico que, desde los dos años, se había criado sólo con su madre, una mujer que pasaba mucho tiempo fuera de casa”, explica el doctor Skulason. “Era un chico solitario, entiendo, y pobre. El ajedrez fue un refugio de las privaciones materiales y emocionales que sufría. Era muy tímido, y de pronto se encontró en el centro de toda esa atención, y sin una figura paterna que le sirviera de guía. Así que construyó unos muros, una forma de protección inmadura y agresiva en la que la confianza -un elemento absolutamente necesario para unas relaciones sociales saludables- fue eliminada”.
El doctor Skulason pasó la última noche que durmió Fischer en casa, 48 horas antes de morir, acompañándole en su piso, junto a su lecho. “Yo hablaba en monólogo y él se quedaba dormido, como un bebé. Luego se despertaba con dolores y molestias, y yo exprimía unas uvas y le daba un vaso de zumo, o un poco de leche de cabra, que, por desgracia, no conseguía retener. Una vez se despertó, me dijo que le dolían los pies y me pidió que se los masajeara. Yo lo intenté, le acaricié suavemente, y entonces dijo las últimas palabras, las últimas dirigidas a mí y, que yo sepa, a cualquier otra persona. Cuando sintió que le tocaba dijo, con una voz de una suavidad terrible: ‘No hay nada que alivie el dolor como el toque humano”.
El doctor Skulason, que opina que ese contacto era lo que Fischer más anheló a lo largo de toda su vida, dice que le sorprende ver cuánto echa de menos a Fischer, de quien cuenta que, a pesar de sus tendencias tiránicas, tenía la capacidad de ser una persona cálida y afectuosa, una descripción en la que coinciden varias personas con las que he hablado, incluso Palsson, que tenía todos los motivos para sentirse ofendido por él, pero que, sin embargo, recuerda, con los ojos llorosos, su sincero apretón de manos y sus abrazos de oso.
Skulason dice que quiere que a Fischer se le recuerde no por sus exabruptos infantiles antijudíos -“es igual de infantil tomar esas tonterías que dijo en serio”-, sino “como un hombre herido cuya conducta externa disimulaba la bondad que llevaba dentro. No era un enemigo de la humanidad. Sus personajes más admirados, según me decía, eran grandes hombres como Nelson Mandela y Martin Luther King. Es una tragedia que, en lugar de ayudarle a sacar lo mejor de sí mismo, el mundo le atacara”.
La mente de Fischer era un caos neurótico; su entierro lo ejemplifica. La ceremonia furtiva, la esposa budista, el cementerio luterano y el sacerdote católico, un francés que reside desde hace mucho tiempo en Islandia llamado Jakob Rolland, con el que he hablado, pero que no ha querido hablar conmigo más que para reconocer que es verdad que invocó, ante la tumba de Fischer, a un Dios en el que Fischer no parecía creer, y para confesar que no sabe absolutamente nada -ni siquiera cómo se mueven las piezas- de la única religión a la que Fischer dedicó toda su existencia, el juego del ajedrez.
Salvo que el secretista señor Sverrison sepa algo más, Fischer no dejó últimas voluntades, no transmitió ninguna diatriba final ni envió ningún mensaje de arrepentimiento al mundo. La última nota escrita que dejó, por lo que se sabe, está en la librería Bokin. Es una nota sencilla, pero que contiene ese clamor interno que detectó el doctor Skulason a recuperar una infancia solitaria, desprotegida, prematuramente perdida, cuyo recuerdo, no obstante, le brindaba consuelo. La nota, que aún cuelga pegada con celofán en una mesa, está escrita a lápiz. Es una petición de un cómic infantil que el dueño de la tienda trató de localizar sin éxito. Dice: “They’ll Do it Every time! By Jimmy Hatlo (cartoons) 40’s and 50’s” (¡Lo harán todas las veces!, por Jimmy Hatlo (historietas), años 40 y 50), y está firmada “Bobby F”. –
Una vida sin salir del tablero
Antonio Jiménez Barca 27 ENE 2008
A los 14 años, Bobby Fischer se convirtió en campeón absoluto de ajedrez de EE UU. De esa época es la famosa foto en la que se le ve, con el pelo rapado y una camiseta de manga corta, a punto de mover la dama negra con la mano derecha mientras se muerde una uña de la izquierda. Por entonces había abandonado los estudios y casi cualquier cosa porque su portentoso cerebro se dedicaba, casi exclusivamente, a pensar en el ajedrez, un juego tan infinito como cerrado en sí mismo.
Su infancia fue una colección de desgracias que hirieron su personalidad retraída: su madre, Regina, era una mujer paranoica a la que el FBI acusó de ser una espía soviética; su padre, el biofísico alemán Gerhart Fischer, los abandonó cuando Bobby tenía dos años; más tarde se enteraría de que su verdadero padre no era él, sino el científico húngaro Paul Nemenyi, al que también acusaron de ser un espía ruso. A lo largo de los años sesenta, su ajedrez alegre, directo, arriesgado y valiente siguió destacando, pero su carácter inestable y maniático y sus disputas con la Federación Internacional de Ajedrez le impidieron disputar el título mundial. “Hay que jugar la apertura como el libro, el medio juego como un genio y el final como una máquina”, decía. Y lo cumplía: en 1971 tumbó a todos sus rivales en el torneo de candidatos. Encadenó 20 triunfos seguidos en un deporte en el que, a ese nivel, las tablas son algo habitual y casi un alivio al que se agarran los contendientes como boxeadores agotados de zurrarse en la cuerda floja.
más información
Tras estas victorias, con 32 años, se ganó el derecho a desafiar al campeón mundial, el ruso Boris Spassky. Ese torneo, disputado en Islandia, en 1972, fue mucho más que una partida de ajedrez: en plena guerra fría, un estadounidense desafiaba a la Unión Soviética en un juego que los rusos consideraban de su propiedad y donde habían colocado invariablemente un campeón del mundo desde hacía tres décadas. Convertido en símbolo de la lucha Este-Oeste, Bobby Fischer ganó el torneo y un amigo: su contendiente Spassky, también convertido a su pesar en símbolo y maldito en la URSS desde entonces.
Tres años después, Fischer se negó a defender el título ante Anatoli Kárpov, que ganó por incomparecencia. A partir de entonces, el estadounidense desaparece de la vida pública. En 1992, desafiando a su país, se salta a la torera el bloqueo a la antigua Yugoslavia y disputa la revancha más famosa del planeta, frente a un Spassky también 20 años más viejo. Los dos antiguos amigos volvieron a jugar y Fischer volvió a ganar.
Se convirtió en un refugiado, en un apátrida. En 2004 fue detenido en Tokio. Islandia le concedió asilo. Allí fue a morir. Allí ha muerto. Alguna vez dijo que su partida favorita la disputó cuando tenía 13 años, antes de que comenzara todo, antes de convertirse en campeón. –
La sexta partida
La Biblia está llena de consejos útiles. Como aquel del Deuteronomio: “Si dos hombres se están golpeando, y se acerca la mujer de uno de ellos para defender a su marido y agarra al otro por las partes genitales, ordenaréis sin ninguna compasión que se le corte la mano a la mujer”. Una solución concreta para una de esas situaciones cotidianas ante las que uno no sabe muy bien qué hacer.
Actualmente, es cierto, son minoría quienes leen la Biblia como un libro de instrucciones que debe seguirse al pie de la letra: el presidente de Estados Unidos y gente de ese estilo. El libro fundacional de nuestra cultura, con su torrente de poesía, historia, culpa y disparates, tiende a ser considerado por los creyentes como una alegoría, un mensaje cifrado de Dios cuya interpretación exacta escapa al entendimiento humano.
Los genios solitarios que descuidan la protección de médicos y analistas son propensos a la depresión y la paranoia
Dios, exista o no, procura evitar las apariciones públicas. Quienes se han esforzado en trazar su biografía, al margen de interpretaciones teológicas, subrayan como elemento esencial la profunda soledad en que vivió antes de crear el universo. En cuanto creó al hombre, ateniéndonos a la Biblia, entró en una fase de hiperactividad abundante en contradicciones: condenaba, perdonaba, se arrepentía. Estaba aprendiendo, probablemente, el difícil arte de la convivencia. En tiempos de Abraham era capaz de confraternizar. En tiempos de Jesús se limitaba a hablar desde lo alto. Luego se retiró y delegó en otros seres divinizados su ocasional (presunto) contacto con la humanidad.
Queda el Libro, trascendental para los creyentes, e imprescindible, por razones no religiosas, para los demás. Y queda el misterio de por qué eligió la palabra, y no otra vía, para sugerir sus planes. Una ecuación matemática, o una melodía, por ejemplo, más escuetos e intensos que cualquier serie de fonemas.
Quiso quizá evitar el compadreo. O no quiso invitar al humano a ceder a la soberbia. Cuando la mente del hombre alcanza el nivel máximo de pureza conceptual aparece la tentación del reto a Dios. Los mejores matemáticos, músicos y poetas han sentido alguna vez ese vértigo. Entre quienes más lo han sufrido figuran los ajedrecistas. Un verso de Leopoldo María Panero -“contra Dios he apostado, desde esta esquina insomne, y contra Dios juego todas las inmensas noches la moneda infame de mi Yo”- puede ilustrar la angustia cósmica del ajedrecista tras la partida perfecta. Esa partida que conduce al pecado infernal de la soberbia: Dios no me habría ganado.
Los ajedrecistas románticos, los genios solitarios que descuidan la protección de asesores, médicos y analistas, son propensos a la depresión y la paranoia. Parece lógico. Ciertos retos destruyen el equilibrio cerebral. Y, sin embargo, generan, cuando arrancan al tablero la partida perfecta, una belleza abrumadora, una intensa sensación de cercanía a la divinidad.
Seguí con pasión el campeonato de Reikiavik. Yo tenía 13 años y simpatizaba con Boris Spassky: era un jugador extraordinario, era ruso (para mí una virtud, entonces), era, y es, una persona estupenda. La epifanía, que cambió mi modo de ver las cosas, se produjo con la sexta partida. Fischer, que siempre, siempre, salía con el peón de rey cuando jugaba con blancas, movió el peón del alfil de dama. Spassky, temeroso, planteó el gambito de dama y una estrategia conservadora. Fischer, entonces, abrió una diagonal infinita con el alfil y desató una tormenta conceptual. En 41 movimientos y un par de horas creó una obra de arte eterna. Esa partida, la sexta de Reikiavik, un clásico, contiene todo el furor, toda la devoción, toda la intensidad de un éxtasis.
La Biblia es un artefacto fabricado con materiales humanos. Algunas creaciones del hombre, en cambio, se hacen con esencias misteriosas. Ignoro cuál era la meteorología mental de Bobby Fischer; sospecho que padeció la tragedia de enfrentarse cara a cara con el enigma de la perfección. –
Spassky-Fischer, todas las partidas anotadas. Lorenzo Ponce-Sala. Editorial Bruguera, 1972. 220 páginas.
Bobby Fischer
Daniel Ricardo Pizá Cortizo Maestro de la Federación Internacional de Ajedrez 22 ENE 2008
Qué mal que comenzó el año, ¿no es cierto? Se acaba de marchar nuestro querido Bobby. Al saber la noticia, se me vino encima la adolescencia… No pude evitar las lágrimas… Algo semejante me sucedió en 1990 cuando llegué a este país y vi por primera vez a los Rolling Stones en vivo en Madrid o hace unos pocos años cuando vi al mismísimo McCartney actuando en Barcelona.
Pero qué difícil es explicar lo que su espíritu despertó en nosotros cuando venció al férreo Tigran Petrosian en mi ciudad natal, Buenos Aires, allá por 1971. Creo que su influencia en buena parte de mi generación es sólo comparable a la que ejercieron los Beatles. Ya no habrá especulaciones acerca de un posible regreso de Bobby -como ya no puede haberlas respecto de una imposible reunión de los fabulosos cuatro- . Hace poco, leí que Fischer había logrado cierta estabilidad en Islandia, pero, entonces, llega la triste noticia… Una verdadera tragedia. Como dijo hoy Anand, se nos fue nuestra Marilyn Monroe.
Fischer, 3; URSS, 0
La impresionante maquinaria del ajedrez soviético se estrelló contra el genio rebelde
Leontxo García Wijk aan Zee 21 ENE 2008
Bobby Fischer, fallecido en Reikiavik a los 64 años, será admirado por la belleza de sus mejores partidas, pero también porque derrotó él solo a la impresionante maquinaria del ajedrez soviético, dirigida desde el Kremlin como una cuestión de Estado. El siguiente relato de lo ocurrido en 1971 y 1972 ilustra el gran mérito del estadounidense y la enorme importancia del deporte mental en la URSS.
“Gracias a la glasnost [transparencia informativa en los últimos años de la URSS], voy a contarle algo. Cuando perdí ante Fischer por 6-0 en los cuartos del Torneo de Candidatos de 1971, fui castigado duramente por el Comité de Deportes”. El gran maestro y reputado pianista Mark Taimánov se sinceraba así con EL PAÍS en el Club de Escritores de Moscú en enero de 1988. “No concebían que yo, de primera fila mundial, pudiera perder ante un joven sin ganarle una sola partida. Daban por sentado que me había dejado vencer por dinero. Me prohibieron los viajes al extranjero, las conferencias, los programas de televisión y radio, los entrenamientos con jóvenes valores y los artículos en diarios y revistas. Además, me quitaron el sueldo básico que los profesionales teníamos”.
El Kremlin llamó a la movilización general, pero todo fue inútil
No fue lo peor: “Me aplicaron el mismo castigo como pianista. De ser una gloria pasé a ser un paria. Afortunadamente, Fischer también destrozó por 6-0 al danés Bent Larsen en las semifinales y eso hizo que las cabezas pensantes del comité aliviaran el castigo, aunque nunca dejé de estar en la lista negra”.
Larsen, uno de los escasos occidentales a la altura de los mejores soviéticos, tampoco volvió a brillar tras aquella paliza del genio, que se enfrentó en la final de Buenos Aires a otra gloria soviética, el armenio Tigrán Petrosián, quien había perdido el título ante su compatriota Borís Spasski dos años antes.
Petrosián era un defensor granítico, capaz de adelantarse con jugadas profilácticas a las amenazas de su rival antes de que éste las viera. En el Kremlin estaban convencidos de que era la horma del zapato de Fischer, cuyo estilo agresivo y directo se estrellaría contra un muro. Pero el granito armenio se derritió frente al volcán de Chicago, si bien el resultado fue más razonable: 6,5-2,5 para Fischer, quien se convirtió en el desafiante del rey Spasski.
Sin embargo, en el Kremlin aún confiaban en su campeón de estilo universal, capaz de adaptarse al de cualquier rival y, supuestamente, en su momento más dulce. Además, el balance le era favorable: tres victorias de Spasski, ninguna de Fischer y dos empates. Pero Petrosián advirtió: “Fischer está armado con todas las ideas nuevas. Tan pronto logra la más ligera ventaja, juega como una máquina. Ni siquiera puedes esperar que cometa un error. Es extraordinario”.
Las trompetas de Moscú llamaron a la movilización general, como detalla Gari Kaspárov: “Durante casi un año se realizó un extenso trabajo. Se enrolaron entrenadores experimentados, así como organizaciones médicas y científicas, y las sesiones de entrenamiento del campeón duraron ¡cinco meses!. A Spasski se le asignó la dacha [casa de campo] del Consejo de Ministros, en Arjyz [Cáucaso], donde les gustaba relajarse al primer ministro, Kosigin, y el presidente finlandés, Kekkonen. La preparación era supervisada por Piotr Démichev, secretario del Comité Central del PCUS”.
Los mejores jugadores de la URSS fueron obligados a elaborar informes sobre él, en secreto 20 años, pero Fischer destronó a Spasski (12,5-8,5) en Reikiavik, adonde éste se trasladará en cuanto le confirmen sus funerales. “Estoy deshecho. Fischer era para mí como un hermano”, dijo ayer a este diario.
Entre las numerosas reacciones de admiración y tristeza quizá la más expresiva sea la del serbio Ljubomir Ljubójevic: “El ajedrez, sobre todo el occidental, debe a Fischer más que a nadie. Dio un revolucionario impulso a su desarrollo en los 70. Creo que fue adorado en la URSS incluso más que sus campeones”.
Fischer y el peón envenenado
Unamuno dijo eso de que, para ser un juego, el ajedrez es una ciencia y, para ser una ciencia, es un juego. El más extraordinario de los juegos concebido por mente humana, eso sí. O, quizás, no. En cualquier caso, el ajedrez es el único juego donde el azar no tiene en la manga la carta ganadora. Salvo que llamemos azar al error. Las computadores pondrán la cuestión en su sitio. Ellas no se equivocan. El mejor partido de fútbol, exento de errores, acabaría 0-0. El más aburrido, también. O, quizás, no. He visto extraordinarios partidos sin goles y mediocres partidos en el que uno de los contendientes vence por goleada. Pero, en ajedrez, sin el factor humano, las partidas acabarían en tablas. O, quizás, tampoco. Como en la película de Bergman, tarde o temprano, la muerte siempre gana la partida. En complicidad con la vida. Ambas, en entrópica sincronía, acaban de darle jaque mate a Bobby Fischer. Y no me extraña. La vida es un miserable contable cronológico que juega fuera de tablero y hace trampa. Bobby, judío renegado, había abandonado patrióticas competiciones y se felicitaba incluso porque a su país le hubieran derribado las dos torres. A diferencia del Papa y sus obispos, su reino no era de este mundo, sino un rectángulo metafísico de claras y oscuras casillas donde fantasmagóricas piezas blancas y negras libraban un incesante combate más allá del bien y el mal.
Su reino no era de este mundo, sino un rectángulo metafísico de claras y oscuras casillas
más información
En su mítica confrontación con Borís Spassky, Fischer pidió cambiar el tablero de mármol por uno de madera y, luego, el de madera por uno de mármol. También cambió de asiento, de fichas, de hotel, de chófer, de coche, de zapatos, de colchón y llegó sistemáticamente tarde hasta el extremo de poner en peligro la celebración del match. Pero gracias a él supe dónde estaba Reikiavik. Al borde del círculo polar ártico, en medio de 7.500 kilómetros cuadrados de lava y 8.000 kilómetros cuadrados de hielo. Sinceramente, yo no hubiera cambiado de tablero ni de zapatos, sino de entorno. Esa extensión volcánica se convertiría en el convulso epicentro de gloria y ocaso de un chico de Chicago, de padre alemán y madre suiza, que tras ganar al soviético Petrosian se había erigido en la esperanza de los ajedrecísticamente acomplejados estadounidenses y, en plena guerra fría, se disponía a arrebatarle el título de campeón a otro chico soviético, nacido en Leningrado y evacuado entre miles de niños. Mientras Hitler patinaba en el Neva, Spassky jugaba al ajedrez antes, incluso, de aprender a leer y escribir.
La carrera del niño prodigio Robert James Fischer no fue en sus inicios tan prodigiosa. A partir del tablero que compró su hermana y del anuncio que puso su madre buscándole contrincantes, Bobby tuvo el mejor de los aprendizajes encajando sucesivas derrotas antes de lograr el título de Gran Maestro Internacional… a los quince años. Pampito Rodríguez, manager de boxeadores, decía que es en las derrotas donde se aprende. La complacencia en el éxito prematuro conlleva peligro de amaneramiento. Yo diría que Fischer ha sido un perdedor que no lo parece. De ahí la inseguridad y los miedos que manifestaba bajo apariencia de caprichos y extravagancias. No contento con no presentarse en la ceremonia de apertura y gracias a la generosa intercesión de su contrincante, se salvó de que el árbitro Lothar Schmid le diera por perdida la primera partida por incomparecencia. Así y todo, Fischer acabó perdiendo al comer un peón envenenado que le inutilizó el alfíl. El veneno de aquel peón debió de tener nefastos efectos retardados, puesto que Fischer no se presentó a jugar la segunda partida y, esta vez, la perdió irremisiblemente por incomparecencia, sin que le sirviera de nada la nueva intercesión de Spassky, que no se resignaba a ganar de esa manera. Sin embargo, la ventaja adquirida de 2-0 no le bastó y, como es sabido, el ruso perdió el título en el transcurso de 21 partidas a manos de Robert James Fischer por un resultado global de 12,5-8,5.
Para Petrosian, quizás despechado, el nuevo campeón distaba de ser un genio. Para el árbitro Lothar Schmid, Fischer era un ser intratable que se quejaba por todo, una persona a perder de vista cuanto antes, aunque fuera un genio. En cambio, a su parecer, Spassky era un perfecto campeón, un auténtico caballero y un verdadero deportista. A pesar de estas disidencias, en la clausura todos bebieron una especie de sangría islandesa , llamada sangre de vikingo, compuesta de coñac, vino tinto, zumo de naranja y agua mineral, y comieron cordero asado y cerdo crujiente. La conversación de los comensales giraba ya sobre quién sería el rival que disputaría el título a Bobby Fischer. Nadie podía imaginar que esa confrontación nunca llegaría a celebrarse por definitiva incomparecencia del intratable Bobby, que, presa de un pánico patológico y sabedor de que difícilmente podría superar la implacable maquinaria de Anatoli Kárpov, emprendió una interminable huida que, a juzgar por las últimas noticias, ahora ha prolongado, sobrepasando las 64 casillas de su tablero y a lomos del alfil atrapado por el peón envenenado. Desde Reikiavik hasta más allá de las estrellas, cabalgue en paz.
Gambito de caballo
A Unamuno no le gustaba el ajedrez, decía que como ciencia era poca ciencia y como deporte, demasiado deporte. Se sentía más seguro lidiando con el sentimiento trágico de la vida, mientras andaba por casa en zapatillas. Cada uno elige el terreno en el que prefiere ser derrotado y él no tenía precisamente moral de alpinista.
El riesgo intelectual siempre me ha parecido más hermoso que la apuesta segura. Tengo debilidad por los poetas locos, los físicos solitarios y los ajedrecistas románticos, porque son seres humanos frágiles, que, sin embargo, han osado desafiar a la divinidad con su inteligencia. Una teoría de Einstein o la biografía de Baudelaire contienen en sí mismas un misterio tan conmovedor como la muerte de Bobby Fisher el mes pasado en las calles nevadas de Islandia. Hace 37 años ese país de amaneceres lívidos fue escenario del duelo de ajedrez más impresionante de todos los tiempos. Yo entonces era una cría que apenas había aprendido a mover las fichas, pero recuerdo su imagen en blanco y negro frente al ruso Spassky. Aquello fue un capítulo más de la guerra fría con Kissinger al teléfono desde Washington. Su apertura con el peón de alfil de dama tuvo el mismo efecto que un misil patriótico, pero Bobby Fischer no estaba jugando contra la Unión Soviética, sino contra Dios. Y le ganó la partida.
En el ajedrez ya está todo lo que uno se va a encontrar en la vida, desde el ingenio más puro hasta la política más rastrera. El gambito de caballo, por ejemplo, es lo que hizo Rajoy con Gallardón, sacrificar una pieza para mejorar su posición, aunque en el envite dejó tocada a la dama. En EE UU el duelo final será entre rey negro y dama blanca. Términos como enrocarse o poner en jaque forman parte de la lucha diaria por la supervivencia. Hay gente que se cree muy lista y la tumban a la primera de cambio con un jaque pastor como le puede pasar a Pizarro, sin embargo, otros que parten como perdedores, consiguen acabar la partida en tablas. Pero son muy pocos los que conocen el éxtasis de la jugada maestra. Lorenzo el Magnífico era imbatible sobre el tablero y Winston Churchill tampoco jugaba mal, de hecho, ganó la II Guerra Mundial. Pero ninguno alcanzó la maestría que tenía Bobby Fisher con solo 14 años, cuando era un chaval flaco que se mordía las uñas antes de mover ficha. Desde entonces fue encadenando triunfos con un estilo arriesgado y brillante hasta convertirse en campeón del mundo, pero el vértigo le partió el alma y ya nunca fue capaz de recomponer sus pedazos.
Tal vez la inteligencia sometida a la máxima presión encierra en sí misma el sentimiento de la tragedia, como pensaba Unamuno. Pero hay más grandeza en quemarse las alas en un salto de altura que no despegar nunca las zapatillas del suelo. El genio devora a sus propios hijos, pero sin esa llama no existirían las sinfonías de Bach, el teorema de Pitágoras ni la poesía mística. Por eso nos conmueve esa última imagen de Bobby Fischer, desarrapado y solo, como un campeón noqueado, en una librería de viejo de Reikiavik, revolviendo entre las pilas de cómics de los años cincuenta, como si quisiera regresar a las tardes felices que pasaba de niño, en su barrio de Brooklyn, cuando nadie lo conocía, antes de convertirse en Dios.
Dejar una contestacion