El Che Guevara: Unas tablas no diplomáticas

Enviado por el Dr. Orlando Valdés (Mi amigo personal)

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Por Giraldo Mazola *

Jugar ajedrez a ciegas y mantener más o menos el mismo nivel de juego que mirando el tablero es una proeza. Hay que tener, además de talento y dominio del juego, una memoria prodigiosa. Casi una computadora metida en la cabeza. Y si un ajedrecista es capaz de jugar a ciegas contra varios jugadores simultáneamente, la proeza es mayor.

Cuando en 1956 estudiaba Medicina y trabajaba en la Sala Gálvez del Hospital General Calixto García de La Habana, Eleazar Jiménez, entonces aspirante al título de Campeón Nacional, me habló por primera vez del juego a ciegas. Animado por mi curiosidad me estimuló a organizar un grupo de diez ajedrecistas contra los que jugaría a ciegas. Días después, en el salón de cirugía menor de la sala, me derrotó a mí y a los otros siete jugadores que logré reclutar entre médicos y estudiantes en el Hospital, cuando nos enfrentamos con él un sábado por la tarde.

Le pregunté mucho sobre la técnica que utilizaba pero no era fácil comprender sus explicaciones y  todos los que participamos en aquel encuentro inusual, en un sitio reservado para hechos menos agradables, conservamos el recuerdo de haber visto una especie de acto de magia.

Meses después, detenido en el Vivac del Castillo del Príncipe, fui conducido con una veintena de compañeros de presidio al Tribunal de Urgencia, -hoy sede del Consejo de Estado, – donde debían celebrarnos los juicios. Salí con mi tablero de ajedrez para jugar con Más Martín, mi compañero de contiendas, pues los que habían ido antes me dijeron que pasaríamos muy aburridos allí toda la mañana en el calabozo. Lo  que no me advirtieron es que no dejaban llevar nada y a la salida nos quitaron, a pesar de nuestras protestas, mi tablero y las piezas junto con los libros y revistas que otros compañeros llevaban.

Parados en el fondo del ómnibus enrejado que nos transportaba Mas Martín me retó a jugar a ciegas. Dijo su primera jugada y espero la mía; le respondí y en un santiamén efectuamos casi mecánicamente las cuatro o cinco primeras jugadas de una apertura que conocíamos bien y que solíamos usar en nuestros juegos habituales. Los dos policías con ametralladoras que iban también de pie, al lado nuestro pero en el rellano externo del camión, nos miraron atónitos sin comprender nada. Sin ponernos de acuerdo previamente, ésta fue una forma de seguir protestando por la requisa y de demostrarles que podíamos jugar sin tablero; esos cretinos pensaron en cambio que hablábamos en alguna especie de clave secreta y nos conminaron a callarnos, amenazándonos con sus armas.

Sentados después en una esquina del frío suelo del calabozo reanudamos el intento y utilizamos así ese tiempo en la espera de juicios que la tiranía dilataba en celebrar porque temía que los continuáramos convirtiendo en mítines de condena a sus atrocidades.

Así comenzamos a jugar a ciegas los dos y después lo seguimos haciendo en el propio Vivac, acostado uno en la litera de arriba y el otro en la de abajo. Algunas veces aparecía un voluntario que con un tablero seguía la partida ante la mirada de otros que seguían creyendo que se trataba de un truco nuestro. Claro, ambos jugábamos muy mal, nuestro juego que no era tan bueno con el tablero delante, disminuía notablemente de calidad y con frecuencia nos equivocábamos y armábam