Leinier Domínguez y el eco de una decisión

El movimiento que provoca el jaque mate siempre golpea. Da igual si lo esperabas o te toma de improviso. Solo cuando descubres la amenaza inminente y sientes cómo el filo de la daga te recuesta a la pared, comienzas a creértelo. No ves casilla disponible y el sudor frío destila inevitablemente hasta que inclinas el rey, resignado. Es un instinto humano. Un instinto horrible, además, de los que joden. Sin embargo, no hay nada peor que saberte causante directo del desenlace.

El ajedrez cubano había tenido, hasta los últimos dos o tres años, un siglo XXI sólido, de satisfacciones y figuras encumbradas en la élite. Era de los pocos deportes cuyo día a día apenas mostraba matices grisáceos. Todo en colores vivos, salvo alguna que otra escaramuza o tropiezo pasajero. Al menos en apariencia, el juego ciencia fue una de esas disciplinas con la fortaleza suficiente para sortear los numerosos obstáculos incrustados en el sendero del deporte cubano.

Nunca todo fue totalmente impoluto, sin embargo. Figuras importantes se esfumaron de un día para otro sin dejar rastros y su ausencia afectó, pero no trascendió; siguieron compitiendo por otros lares y sus altos coeficientes jamás figuraron en las listas cubanas. Nadie tuvo el atrevimiento de citarlos luego de su partida, de analizar por qué algunos deciden llevar sus piezas y su tablero a otra parte, y la vida, a lo Julio Iglesias, sigue igual que antes, tan insulsa.

Cualquier agorero lo hubiera vaticinado. Cuando el río suena es porque mueve sus piedras y los rumores en un país tan pequeño tienen un estrecho margen de fallo.

El sacudón llegó hace poco. El equipo olímpico que asistió hace unos años a Khanty-Mansiysk, con un séptimo lugar histórico, sufrió una desintegración progresiva: Fidel Corrales, Yuniesky Quesada, Holden Hernández, Lázaro Bruzón, Leinier Domínguez… Pero la bomba más potente detonó con el ídolo de Güines. Ahora solo quedan cenizas.

Opinar sobre la decisión personal de alguien constituye de por sí una osadía, mas la profesión periodística obliga a tomar determinados riesgos. De antemano, la polémica suscitada en torno al cambio de bandera por parte de Leinier representa, cuando menos, una expresión lógica de la disconformidad de gran parte de la afición cubana al ajedrez, muy numerosa y fiel hasta las vísceras.

Cuando el asunto se cocinaba, con la sospechosa estancia del ídolo güinero en tierras norteñas, trascendieron unas declaraciones que rompieron de forma momentánea con las preocupaciones; rumores, en cualquier caso.

Dijeron algunos que Leinier garantizaba no cambiar de bandera aunque, sinceramente, resulta ineludible que el ser humano tiene esa tendencia a hablar para salir del atasco y a veces dice lo que no quiere solo para repeler problemas. Un carpe diem en toda la línea.

Domínguez aludió a un año sabático para solventar el murmullo en torno a su inactividad en los tableros y el dañino secretismo que corroe estas situaciones impidió conocer, a ciencia cierta, el objetivo de este período “de descanso”.

Pasó el tiempo y los doce meses iniciales se alargaron para convertir la saga en una incógnita mayúscula. Ni siquiera fuentes oficiales de la comisión de ajedrez pudieron discernir la estadía del mejor trebejista cubano del siglo en la nación anglosajona. Y Leinier, en mutis absoluta.

Al final, un buen día detonó la granada. Lo dicho: hay verdades que duelen, da igual cuanto se anuncien. El ícono del ajedrez cubano, heredero de Capablanca, cambió de bandera.

Escándalo mundial. Abandonó la de la estrella solitaria, la más bella que existe, para enfundarse en una pletórica de barras y estrellas. Un tipo que dice “asere” y de apellido Domínguez, acompañado de la insignia americana. Se dice y no se cree.

Entonces llegó el aluvión de opiniones, a modo, también, de cruce de declaraciones, en las cuales el único que continuó en su silencio perenne, fue el protagonista de la noticia.

Uno de los que expresó su parecer fue Lázaro Bruzón, segundo tablero de Cuba antes de este torbellino, quien dejó fuertes palabras en su perfil de Facebook, evidentemente concebidas en caliente, aunque con detalles que invitan al detenimiento. Acá les va un resumen:

“Para defender la bandera de forma digna no hay que hacerlo viviendo en Cuba precisamente. Peor es que los que toman esas decisiones dictan su verdad absoluta y punto. ‘Este no representa más a Cuba y listo, ya no es más deportista cubano’, acaban con todo y luego tranquilamente rectifican y dicen: ‘ay, nos equivocamos’. Tengo la seguridad que no se le preguntó a Leinier ni a los demás qué hacía falta para que ellos se mantuvieran jugando por Cuba, como mismo llevo cinco meses aquí (en Estados Unidos) y nadie me ha consultado al respecto. Es más fácil mantener el silencio y luego fabricar una nota oficial”.

La Federación Cubana de Ajedrez, por su parte, salió al ruedo con una declaración publicada en el sitio web del INDER, Jit, en la cual mostró, como es lógico, su inconformidad con el cambio de Leinier y aclaró que esta se concretó a instancias personales y bajo las prerrogativas de la Federación Internacional de Ajedrez. “No aceptamos que Leinier cambie de Federación o que juegue por ningún otro país. No es un asunto de indemnizaciones, es una cuestión de principios”.

Cuesta sacar una conclusión para aquel que desconoce las interioridades del asunto, más allá de las palabras que salen a la palestra, siempre edulcoradas con un tono conservador.

Será difícil ver la bandera norteamericana acompañando un nombre tan común en las calles de este país, de aquel que se hizo ajedrecista en Cuba, con las bondades y desaciertos del movimiento deportivo típico de la Isla, pero beneficiado al fin y al cabo por una formación que no fue del todo inefectiva, cuando ostenta en su repertorio un buen puñado de logros. Echo de menos una explicación de Leinier a su gente, a la afición que siempre le mostró su apoyo y ha quedado algo trastocada.

Cambiar de bandera es siempre un asunto complejo y a algunos nos sigue costando entenderlo. Pudieron existir cientos de obstáculos, pero el sentimiento patriótico, que no tiene que ver siquiera con inclinaciones políticas, merece siempre un esfuerzo superior. De todas formas, hay un tema que martilla últimamente y las fuertes palabras de Bruzón han metido el dedo en la herida con furia.

Las interrogantes del tunero son las mismas que encontramos un día sí y otro también en todos los foros de debate. ¿Por qué los deportistas cuando deciden establecerse en otra nación comienzan a encontrar dificultades? Los protagonistas siempre serán ellos y parece, en ocasiones, como si perdieran sus derechos y debieran pedir de favor defender a su país. Me viene a la mente, ahora mismo, aquel futbolista que vive en Inglaterra y quiere jugar por la selección de su patria y, casi rogando ser aceptado, terminó con la frustración de una respuesta negativa.

¿Quién les explica hoy a los tantos peloteros cubanos que juegan en MLB y no podrán defender nunca más su bandera, que se abre un nuevo capítulo y ahora los nacidos aquí tendrán el derecho de probarse al más alto nivel y regresar con toda la normalidad del mundo?

Subestimamos el tiempo y obviamos, en muchas ocasiones, que las aperturas siempre son bienvenidas, pero una hora de tardanza es una hora menos en la carrera de un atleta.

Resulta imposible mirar de reojo al mundillo de la cultura, con tantos y tantos artistas que hacen vida en Europa y luego vuelven a Cuba y son tratados como héroes. El deportista sale y, cuando regresa, choca con una puerta cerrada en sus narices.

Quizás por eso siga Cuba siendo una referencia en un campo, mientras en el otro mantiene su tozuda decisión de restar y restar. Quien quiera irse en esas circunstancias, que le vaya bien. Pero mirémonos también por dentro, hagámonos una radiografía y meditemos. Urge cambiar la mentalidad. Mañana es tarde.

Fuente:http://medium.com/somos-j%C3%B3venes/leinier-dom%C3%ADnguez-y-el-eco-de-una-decisi%C3%B3n-e548db15954e?fbclid=IwAR0WEbtEUze-Ca1mNfdS2dZTy0rSdZsdm0WNPWD1Er4o3esbKt2YUTfFcpQ

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